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martes, 16 de diciembre de 2014

Nostalgia ochentera: Jóvenes ocultos (The Lost Boys) por Jorge Zarco Rodríguez



Nostalgia ochentera: Jóvenes ocultos (The Lost Boys)
Jorge Zarco Rodríguez

Para Corey Haim, que no nació para envejecer.

La nostalgia es uno de los males más benignos (o malignos) que existen. Lo deformamos todo en nuestra memoria y hasta solemos pensar en el error de que todo fue más maravilloso de lo que realmente fue. Los que sentimos debilidad por ciertos temas según la época en la que vivimos, sobretodo cuando fuimos muy jóvenes. Todo lo deformamos: - Yo estuve ahí, yo vi aquello, yo hice eso, etc… 

Podría decirse que me bebí los ochenta. 

Empecé la década siendo apenas un niño y la terminé comenzando mi adolescencia. En (a finales de) 1987 me fui al cine con dos colegas (mis únicos amigos de aquel entonces) a ver un título que a mis trece años mis padres me hubieran vetado de inmediato: Jóvenes ocultos. Me compré una cartelera y aquello prometía mucho para un niñato de aquel entonces con las hormonas revueltas; vampiros, look rockero deudor de grupos Heavy Metal de lo que por aquel entonces se llamó maliciosamente como “estética de peluquería” de pelos largos a lo grupetes como Twisted Sister, Bon Jovi o W.A.S.P. y el hijo de un actor famoso (Kiefer Sutherland) al frente del reparto. Joder, aquello me llamó la atención y nos fuimos sin dudarlo al cine aquel sábado en una sala de proyección que hace años que ya no existe. 

Recuerdo el nombre de mis amigos de aquel entonces: Enrique y Marcos y no hace falta recordar que no éramos los únicos adolescentes en la sala con el adn más alterado de lo normal. Claro que por aquella época no se armó el pollo de la saga Crepúsculo con miles de jovencitas ovulando al mismo tiempo por vampiros de ojos dorados y licántropos con tablita de chocolate en el vientre. Los vampiros que posteriormente sirvieron de inspiración a los góticos antes de la llegada de Entrevista con el vampiro (94) y El cuervo (94), eran más deudores de la tribu de los niños perdidos de Peter Pan o el vampirismo entendido como una eterna (y cruel) diversión a manos de un puñado de niños que deben seguir un implacable ritual para mantenerse inmortales según el guion original de Janice Fischer y James Jeremias finalmente rescrito (lo de siempre) por Jeffrey Boam. 

Un planteamiento que en manos de un Narciso Ibáñez Serrador (¿Quién puede matar a un niño?-75-) más inspirado, hubiese sido demoledor, pero que asustó a Richard Donner, posible primer director y finalmente productor y luego a Joel Schumacher, cineasta (descaradamente) comercial y abiertamente gay que eligió adolescentes que (eso sí) no sugerían ningún tipo de dobles lecturas sexuales que pudiesen perjudicar de cara a la taquilla adolescente; nada realmente perturbador ni morboso, ni la mala leche que le hubiese podido inyectar el Joe Dante de Gremlins (84), un director mil veces mejor que Schumacher. 

Los cazadores de chupasangres harían alusión a Los Goonies (85) de la factoría Spielberg con el añorado Corey Feldman al frente y por supuesto nunca se temería por su seguridad, enfrentados a los voraces “Hominis nocturna” que nunca serían tan peligrosos como en el fondo desearíamos, de hecho siempre me irritó la pasmosa facilidad con que se los mataba. Pero la taquilla adolescente manda y los efectos de maquillaje de Greg Cannom funcionaban de las mil maravillas, aunque los vampiros no resultaran a la larga tan terroríficos como hubiésemos deseado mis colegas y yo, y los tres niñatos chistosos aficionados a Val Helsing tenían a nuestro parecer, demasiada suerte con sus estacas y sus pistolas de agua bendita. Claro que aquel era un show para críos, Abierto hasta el amanecer (95), aun no había llegado y las cosas no podían ir demasiado lejos y salvo excepciones, nunca en una producción de gran estudio (la Warner Bros en este caso) se llega demasiado lejos. 

Aquel show contra todo pronostico, cumplía y más viniendo de un fulano de filmografía tan pésima como Schumacher. En la recámara se quedó supervisando Richard Donner (Superman (78), La profecía-76-) y otros directores optaron a la silla de realizador: La videoclipera Mary Lambert (El cementerio viviente-89-) o el australiano Richard Franklin (Patrick-78-) y de hecho Schumacher quiso durante años hacer una secuela con carne femenina: The Lost Girls. Pasó años intentando levantar el proyecto pese a su éxito en la taquilla, prueba de que en Hollywood ni los más grandes tienen carta blanca. Al final se rodaron dos secuelas tardías hace pocos años que fueron directas a video (la muerte prematura de cualquier película) que no he visto, con un Corey Feldman visiblemente cuarentón en un reflejo de aquello que se llama “síndrome de Peter Pan” más evidente. 

Los dos Coreys: Haim y Feldman fueron amigos para siempre a partir de The Lost Boys, antes de que las drogas y los excesos pusiesen fin a la vida de un Corey Haim convertido en un juguete roto, al igual que un Feldman condenado a (sub) productos de segunda y tercera categoría. ¿Acaso el síndrome de Peter Pan no es establecerse en una eterna nostalgia, pese a que tu propio cuerpo sigue evolucionando y recordándote que el paso del tiempo es imparable?       

Signo de los tiempos, la nostalgia de los fans (de los 80) rescató del olvido una película de poco presupuesto (unos 5 millones y medio de la época) y un guion con demasiadas  concesiones al público juvenil con las gracias y los chistecitos de turno, más efectivos en boca de Feldman que de Haim. De por aquellos años también era Noche de miedo con un remake en los tiempos actuales y tarde o temprano el The Lost Boys original será victima de esa oportunista nostalgia que es símbolo de estos tiempos que corren como le ocurrirá también a Los Goonies, y si no, al tiempo. 

Pocos parecen recordar Los viajeros de la noche (87), un título de calidad muy superior a cargo de la excelente directora Kathryn Bigelow y por supuesto The Lost Boys también se queda en poquita cosa si la comparamos con una obra maestra como es Déjame entrar (2008) del sueco Thomas Alfredson, también víctima (eso sí) de un digno remake para los tiempos que corren. Con Corey Haim pasado a mejor vida y Corey Feldman viviendo de éxitos pasados, el único al que parece haberle sonreído el éxito es a Kiefer Sutherland (pese a que no se le puede comparar a la grandiosidad de su padre Donald); del resto del reparto no quedó gran cosa. De Jason Patric y Jami Gertz apenas nadie se acuerda. ¿El resto?, comics, guiños en Crepúsculo y Buffy: cazavampiros, dos secuelas de pacotilla solo aptas para ver a un Corey Feldman ya cuarentón intentando aparentar ser un veinteañero que ya no es… 

Ahí radica la melancólica paradoja de Jóvenes Ocultos. Casi todos los que la vimos en su día o peinamos canas o perdimos pelo a manos llenas (mi caso); el paso del tiempo sobre nosotros es inevitable. La inmortalidad no es lo normal ya que un vampiro se alimenta de sangre para ser inmortal, es una droga que condena su organismo (idea abordada por Abel Ferrara en The Adiction-98-). Schumacher fue heroinómano y pudo haber mostrado a sus vampiros como yonquis y de haber sido su enfoque más adulto, Jóvenes Ocultos que peliculón hubiese sido. 

Claro que por entonces con nuestros trece años a cuestas, no hubiésemos podido verla. 

Seguro.

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