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sábado, 14 de septiembre de 2013

CAPÍTULO 1 EN EL BRAZO DE ORIÓN


Sólo hay una guerra que pueda permitirse 
el ser humano: la guerra contra su extinción.
Isaac Asimov (1920-1992)


Capítulo I


Al mirar el interior del frondoso bosque, Marco no tuvo duda, el lugar iba a resultar tan terriblemente inhóspito como en los anteriores escenarios de combate.

Frente a él iban un par de legionarios; nombre este que Marco propuso para las unidades de infantería y al que no se le argumentó objeción alguna. La tarea de esta avanzadilla era evitar que el grupo pudiera verse en dificultadas o ser emboscado, por ello eran portadores de sistemas de visión nocturna y sensores de movimiento que podía proporcionarles una amplia gama de estímulos difícilmente perceptibles por los sentidos humanos.

No habían llegado más allá de unos centenares de metros desde la última alerta, cuando el avanzadilla de la derecha, quedando quieto como un felino terrestre, levantó el brazo. Todos entendieron la señal. El entorno, de pronto, se vio tétricamente inmóvil. El gesto fue repitiéndose, dejando a cuantos formaban el grupo tratando de ver o escuchar algo que pudiera dar razón a las sospechas emanadas de quien les había alertado.

Unos segundos después, quizá hasta puede que un minuto, la señal desapareció y ambos exploradores continuaron su casi imperceptible marcha. El tiempo había transcurrido, en ese momento, con una terrible parsimonia, por ello, en muchas ocasiones, los lapsos que pasaban en esta situación eran difícilmente cuantificables.

La unidad llevaba dos horas adentrándose en esta zona boscosa. Habían atravesado un par de riachuelos y remontado más de diez colinas, pero era desde hacía unos 30 minutos cuando su caminar tornose mucho más precavido, terriblemente lento y con breves paradas como la que hacía unos minutos protagonizaron. Era terreno próximo al enemigo y toda cautela, ahora, era necesaria.  

Marco comandaba una compañía altamente preparada y sumamente cohesionada. Bien es cierto que habían participado en ello un par de instructores que, con gran tesón y trabajo, estaban posibilitando que este y otros grupos parecidos lograran el nivel que en ese momento la unidad disponía. Por ello, el capitán francés Henry Lemoine y el coronel norteamericano Curtis Townsend, eran piezas clave en la formación de los primeros contingentes de personal de la división de infantería recién creada. El nombre que en centrean se le había dado a esta nueva parte del ejercito era el de *“Deer Legionaria Caredan” y que al traducirse podía quedar como Grupo o Batallón Legionario de Infantería.

El avance en estas zonas boscosas o selváticas era muy costoso y siempre minucioso. Los gurzam habían desplegado todo un sofisticado sistema de detección y rastreo, que hacía altamente compleja la operatividad encubierta, es decir, no ser detectados, aunque ahora, el ser precavido, estaba motivado por otros componentes.

Al iniciar la misión se lanzó, como en otras anteriores, un nuevo sistema de apoyo, “el ojo espía”. Era un artefacto que, de forma muy eficaz, estaba sirviendo para detectar y destruir los puntos de control que el enemigo desplegó alrededor de un amplísimo perímetro de cada una de las áreas en donde, en su momento, se estableció una base o refugio.

Cirste III se había convertido en un verdadero punto caliente. Tras movilizar efectivos y comenzar a reconquistar cada una de las zonas ocupadas, la presencia de naves de combate gurzam empezó a dejarse sentir. Ahora se estaba peleando en dos frentes, uno sobre la superficie y otro en el espacio inmediato al planeta. Los gurzam, en un alarde de eficacia y sorpresa, lograron establecer una cabeza de puente en uno de los continentes. Mientras lanzaban un fuerte ataque de distracción, varias naves de transporte y carga desembarcaron un fuerte contingente de lo  que  debió  ser  material, mano de obra y especialistas, y en pocas horas comenzaron a tener operativos una serie de cañones de gran alcance y potencia, haciendo vulnerables a los acorazados que pudieran entrar en su radio de acción.

Esta situación se pudo lograr por no disponer, en esa parte del planeta, bases gurzam en las zonas boscosas, hecho que generó no estar pendiente de ese hemisferio. Todas las miradas y sensores se habían situado en los puntos en donde la infantería gurzam tenía sus escondrijos subterráneos. Se subestimó al enemigo pensando que si se acercaba a Cirste III sería para apoyar a la infantería que tenían en los túneles de esos inmensos bosques del continente planetario ocupado; nadie pensó que quizá el interés estaba en lograr que se prestara menos atención al otro lado del planeta.

A este respecto se había dilucidado una nueva y compleja cuestión, al igual que las muchas que, desde el inicio de la guerra, no cesaba de hacerse la cúpula militar: ¿por qué no habían ejecutado esta táctica antes o en Rundar I? No cabiendo otra contestación que la de haber subestimado la capacidad de Centrean o no tener este material en disposición de ser utilizado; incluso, quizá, ambas.

En estos momentos la lucha se debatía y centraba en dos aspectos: el no dejar que los gurzam ocupasen otro continente y que con ello reforzaran su presencia extendiendo dominios, y por otro lado buscar la forma de expulsarlos del sistema, y por ende de Cirste III.

La unidad que Marco comandaba tenía como misión la destrucción de uno de los últimos refugios o posiciones que la infantería gurzam disponía en los continentes controlados por las fuerzas centrean. El desarrollo del “ojo espía” había dado una muy satisfactoria ventaja, pero ahora ya era sólo un mero instrumento de reconocimiento del terreno y eliminación de sensores de detección, ya que al alcanzar ciertos puntos cercanos a los escondrijos o bases, eran sistemáticamente destruidos. Lo bien cierto era que el factor sorpresa que también les funcionó en los primeros ataques, ahora había desaparecido; los gurzam sabían como localizar el “ojo espía” toda vez que estaban adaptándose a la estrategia desplegada.

Paso a paso, Marco y su equipo, iban cerrando el perímetro. Desde tres puntos diferentes, él y sus otros dos tenientes, Salcedo y Salazar, estaban tratando de dar caza a uno de los comandos gurzam que más problemas habían dado, puesto que eran los responsable de la destrucción y aniquilamiento de las primeras unidades que el mando centrean lanzó contra la ocupación de Cirste III; de eso hacía ya algo más de un año.

No habían progresado otros diez o doce metros más, cuando nuevamente, ambos avanzadillas quedaron inmóviles. Esta vez los dos al unísono ejecutaron el mismo movimiento de alerta. Esto dio al grupo un aviso de mayor intensidad. Nuevamente todos quedaron escrutando los inmensos claroscuros de la lejanía, aunque la distancia que la vegetación permitía que la visión alcanzara no era ni amplia, ni profunda.

Quién sabe si era ese sexto sentido que ambos militares parecían tener, o su capacidad de discriminar leves sonidos, pero lo bien cierto es que el grupo de Marco se estaba distinguiendo por ser el que menos bajas estaba recibiendo. Solamente se habían contabilizado heridos de no mucha envergadura. Ahora quizá fuese otro de los momentos en que esta alerta pudiera ser decisiva y con ello mantener su nivel.

–Avisa a los tenientes –dijo en voz baja Marco dirigiéndose a Esteban Rodríguez, portador del pequeño equipo de transmisión a larga distancia, capaz de cubrir, no sólo distancias dentro de zonas selváticas, sino contactar, también, con satélites repetidores. Esto posibilitaba distribuir funciones y que tanto el mando del grupo como el de dirección pudieran centrarse en valorar opciones de estrategia, recibiendo todo cuanto la unidad hablaba.                
El sargento Rodríguez, perfectamente coordinado con su mando, no tardó más que unos segundos en comunicar, a los otros dos grupos y de forma escueta, el posible peligro que se había detectado. Marco también notó o intuyó algo, por ello el aviso que el sargento estaba transmitiendo.

Nada más producirse la inmovilización de los tres grupos, y tras haber pasado cerca de un eterno minuto, el grupo del teniente Salazar notó lo que bien pudiera ser una emboscada. Desde una zona lateral entre el teniente y el capitán, dejábanse oír unos leves y monótonos sonidos, aunque no de forma constante; daba la impresión de tratarse de una especie de arrastrar de ramaje o movimiento entre la vegetación. Algo parecido a lo que los avanzadillas del capitán habían creído oír, aunque estos últimos por ambos flancos de su sección. 

Los tres grupos, mimetizados entre ramas y sombras, comenzaron a escudriñar la tupida vegetación. Los avanzadillas del teniente Salazar, alertados por él, tras recibir apreciaciones del mando de la unidad, no tuvieron reparo en estimular todavía más sus sentidos y con ello escrutar los detalles más insignificantes. Frente a ellos, camuflados ente hojas y ramas, unas cuantas gruesas figuras, estáticas e impasibles, estaban tratando de localizar a quienes se acercaban, aunque tampoco parecía que hubieran visto nada con claridad; eran gurzam esperando un mayor avance de su enemigo para sorprenderlos y dañarlos mortalmente. Aunque esto los subordinados del capitán y él mismo, no lo sabían; sólo hubo una leve sospecha, o más bien una nueva intuición que tan buenos resultados les estaba reportando.

–¡Nos están esperando! –transmitió el teniente Salazar en abierto y con tenue voz, posibilitando que la totalidad de los participantes pudiera sentir su apreciación.

–¿Ve algo? –inquirió Marco.

–Sólo sombras ante nosotros y el deslizar de ramaje por el costado izquierdo. Creo que están abriéndonos pasillo para emboscarnos –respondió el teniente.

–Pudiera ser –corroboró el teniente Salcedo–. Tengo la impresión como si hubiera algún movimiento en uno de mis flancos, aunque nada concreto.

–¿A qué se refiere con sombras, “Eco -2”? –demandó el capitán tratando de descifrar lo que el teniente Salazar trataba de transmitirle.

–La avanzadilla cree que están esperándonos; al parecer a nuestras “12” –matizó el teniente.

–¿Y los detectores de movimiento? –preguntó el capitán en abierto, ya que la respuesta tendría que ser dada por los miembros de la vanguardia.

–No son nada concluyentes –fueron las respuestas de todos ellos. Al parecer el viento que estaba agitando la vegetación, aunque levemente, daba lecturas falsas o camuflaba otros movimientos.

Mientras tanto se daba este intercambio de sospechas e inquietudes, los dos avanzadillas de Marco comenzaron a señalar a ambos lados. Fue un leve gesto con las manos, pero todos en ese mismo instante sabían que ahora sí que habían detectado algo.

–Vamos a modificar el avance –ordenó Marco, continuando la transmisión sin utilizar al sargento–. Los cuatro últimos componentes de cada sección retrocederán varios pasos y permanecerán en retaguardia a las “6” de cada grupo. Esperen a ver qué ocurre e informen. No hagan nada que no sea totalmente imprescindible –resaltó.

Sin comentario alguno y no dejando apenas rastro sonoro o visible, cada uno de los designados, inicio el desplazamiento, primero hacia atrás y posteriormente a situarse tal y como el capitán había ordenado. Todos sabían, y a así lo habían podido percibir en diferentes ocasiones, que el estricto cumplimiento de cuanto su mando ordenaba, era la mejor salvaguarda para salir lo mejor parado de estas acciones, pese a que en ellas nunca se estaba seguro de nada.

El lugar, una vez asumidas las últimas apreciaciones, empezaba a ser algo incomodo. Ya llevaban más de tres o cuatro minutos en esta posición y no era bueno, aunque había que recapacitar y recomponer la estrategia. Todo apuntaba a que podía ser nefasto el no alterarla.
–Indique a los tenientes que se abran hacia el exterior –Dijo Marco dirigiéndose al sargento Rodríguez; quedando, tras ello, pensando en todo lo que de novedoso había.

–“Eco -2 y -3”. Orden de abrir sus posiciones. Sepárense a derecha e izquierda de “Eco -1” –comunicó el sargento tal y como el capitán le había apuntado.

Inmediatamente ambos tenientes confirmaron la recepción de la orden, procediendo a modificar su desplazamiento y posición. 

–Deben de estar avanzando por los pasillos que estamos dejando entre cada uno de los grupos –comentó Marco en abierto, tras recapitular mentalmente. Todos debían ser participes de lo que pudiera estar ocurriendo–. Vamos a abrir nuestras unidades para evitar la posible descarga cruzada. Cuando los gurzam detecten la maniobra, no lo dudaran, abrirán fuego –aclaró, poniendo de manifiesto las sospechas y la modificación de la estrategia–. ¡Hay que estar muy atentos para que no nos sorprendan! –exclamó en tono de alerta. 

Aclarado lo nuevo a ejecutar, el capitán replegó a la avanzadilla y formó una especie de semicírculo. Sabía que en la retaguardia no había problema. Ahora sólo era necesario que las secciones de los tenientes abrieran el perímetro deslizándose con suma cautela. Con ello lograrían localizar a las fuerzas que presumiblemente estaban en los laterales.   
  
La acción comenzó a aclararse en la mente del capitán. Vio nítidamente como los gurzam, ante la detección y destrucción de la avanzadilla de “ojos espía”, calcularon, por posibles informes de otros comandos, los puntos por los que quizá vendría el ataque, y a tenor de ello dividido sus fuerzas en varios grupos. Uno les estaría esperando frontalmente, y otros cuatro tratarían de embolsarlos. Dos grupos por la parte exterior, en los flancos más extremos, y otros dos entre los grupos de los tenientes y el capitán. De esta forma se aseguraban cerrar el cepo y que nadie pudiera escapar.

Marco hizo un gesto con la cabeza.

–Hay que modificar sustancialmente la estrategia –se dijo a si mismo, mientras lo exteriorizaba con ese movimiento tan expresivo que hizo y del que nadie se percató.

Y volviendo a la realidad del momento, no se podía permitir muchos lujos, ordenó a ambos tenientes y por los comunicadores que se abriera fuego nada más que se tuviera certeza de estar frente al enemigo.

Cada uno de los grupos comenzó a desplazarse tal y como se había ordenado. Indudablemente, si Marco estaba en lo cierto, los gurzam deberían estar avanzando por los pasillos que quedaban entre capitán y tenientes, envolviéndolos por ambos lados y posteriormente tratarían de ir por retaguardia. El enemigo posiblemente pretendía crear tres grandes bolsas, pero con el planteamiento actual, Marco iba a dar viabilidad para que los grupos de los tenientes Salcedo y Salazar fueran a enfrentarse a los contingentes gurzam más exteriores. De esta forma, la unidad de cada teniente se alejaba de la del capitán, evitando con ello el riesgo de alcanzarse entre si por fuego amigo. Con esta estrategia la sección del capitán era la que iba a sufrir una mayor acometida puesto que se las tendría que entender, quizá con tres formaciones enemigas; Marco quería aguantar el envite y que los tenientes no se vieran embolsados y de esta forma libres para rematar.  Aunque la pregunta que ahora cabía hacerse era si toda esa parafernalia de presentimiento que les había llevado a las conjeturas actuales era real o simplemente sugestión.

–¡Capitán! –sonó por los auriculares la voz del sargento que había quedado en retaguardia–. Están entrando desde los flancos más exteriores –dijo con pausada ansiedad–. Parece que tratan de rodearles –aclaró.

–Ponen en práctica una elaborada estrategia tal y como nosotros hemos hecho –afirmó Marco abiertamente y con la intención de informar–. No creo que hayan detectado nuestros nuevos movimientos en retaguardia –conjeturó–. Si a sí fuese no estarían cerrando el cerco como lo están haciendo –matizó dando sentido a todo cuanto se estaba aseverando.

–Que nadie mueva un solo músculo que no sea necesario para ir a los puntos de encuentro –ordenó tajantemente–. En cuanto los descubramos no hay que darles tregua, no nos podemos permitir ese lujo.

–Un momento capitán –volvió a dejarse oír la tenue voz del sargento de retaguardia–. Es solamente un par de exploradores. No deben saber que estamos en esta posición –informó en tono eufórico-. Los tenemos en el punto de mira –aclaró con mayor énfasis.

–En cuanto empiece la refriega elimínenlos y esperen órdenes.

Marco sabía, y el resto de los componentes también, que hablar tanto como se estaba haciendo no era aconsejable ni prudente, pero en esta ocasión había motivo y necesidad. El momento imponía reconducir lo planeado. Ahora la cuestión residía en si los cambios darían fruto, o no.

–Capitán, están avanzando –susurró uno de los exploradores de su grupo.

Efectuado este comunicado ya no hubo tiempo para más rectificaciones, ya que desde prácticamente la totalidad del entorno, comenzaron a tabletear los percutores de un sin número de armar automáticas.

–¡Lancen bombas de mano! –ordenó Marco–. ¡No dejen de disparar! –recordó dando ánimos.
Lo bien cierto era que todos sabían cual tenía que ser su conducta, agresiva y contundente. En esos momentos no cabía otra actitud en el proceder. De esta forma empezaron a ver como el enemigo, los gurzam, mortalmente cogidos por sorpresa, trataban de salir del mismo cerco en el que habían ido buscando destruir a sus oponentes; es decir, a Marco y su equipo.

Los trajes o armaduras gurzam daban protección contra las pequeñas explosiones de las bombas de mano, pero al detonarlas, se rompían ramas, saltaban piedras, polvo y muchos enemigos eran derribados, logrando con ello que se generara una notable confusión, acción esta que estaba siendo muy bien aprovechada por todos los componentes de los cuatro grupos ahora formados.

Los disparos de los fusiles M-16 que de La Tierra se habían traído –cedidos a la Federación Centrean por el gobierno de Estados Unidos–, estaban, de momento y por lo que se apreciaba, dando un buen resultado. Eran armas de fabricación norteamericana del calibre 223 –en España 5,56–. Utilizando la munición Arcane o Alia de bala ligera, hueca, hecha de cobre puro y macizo, con punta cónica y disparadas con una pólvora especial que le daba una mayor velocidad, había sido la clave para estar dándole a la infantería gurzam un buen repaso.

Los primeros enfrentamientos de unidades centrean con ellos, no dio mucho de si. Se pudo comprobar que la armadura que portaban absorbía o diluía uno o dos impactos en el mismo punto, convirtiéndolos en una milicia poco vulnerable a las armas de energía que los centrean tenían como dotación. Había que acertarles varias veces en el mismo lugar y de forma muy concreta. De este mismo tejido, o al menos similar, se estaban confeccionando, defensas o trajes especiales que pudieran dar protección a las unidades de infantería, algo parecido a los chalecos antibala pero que pudieran soportar también descargas de energía tal y como los gurzam disponían.

Nada más iniciarse la acción, Marco pudo comprobar que la sorpresa no había sido total. Desde muchos puntos, casi al mismo tiempo que las armas automáticas rugieran, un enjambre de disparos de energía comenzó a cubrir el espacio sonoro del entorno, dibujando tonalidades de color por doquier. En ese momento cada uno de los componentes de la nueva milicia centrean, supo que habría que hacer un sobre esfuerzo para logar salir de la presente situación. Ambas facciones habían jugado a emboscarse y sólo la determinación, pericia, astucia, y ese algo que en ocasiones se define como suerte, aunque puede que la palabra suerte no fuera el adjetivo apropiado, iban a ser los componentes que decantaran el desenlace del terrible y sofocante momento.

Junto a Marco estaba el sargento Rodríguez, que a demás de ser el portador de la emisora de largo alcance, era quien mejor manejaba la carabina automática. Cada vez que apretaba el gatillo en ráfaga, las tres balas que del cañón salían eran prácticamente mortales. Girando la mira a derecha y a izquierdas, no había enemigo que se le resistiera y eso estaba siendo decisivo en el desenlace, aunque el haber retirado ese pequeño grupo unos pasos atrás, era lo que quizá les fuera a dar esa ventaja que podría decantar la conclusión de la acción.

Marco volvió a ordenar lanzar bombas de mano. Sabía que no eran altamente efectivas pero causaban confusión y si alguna explosionaba cerca de un enemigo lo destrozaba internamente, ya que los impactos muy directos repercutían en la masa corporal.

Su grupo estaba siendo atacado por tres flancos, esto daba a entender como si los gurzam no tuvieran reparo en recibir fuego cruzado de ellos mismos. Marco había maquinado esto y debía de mantener la posición hasta que los tenientes pudieran apoyarle, puesto que se enfrentaban a menos oponentes. Al menos esa era la idea.

–¡Capitán! –sonó por los auriculares de todos, aunque nerviosa, alta y clara la voz del teniente Salcedo–. Creo que no les hemos sorprendido. Tengo varios heridos y una posible baja –aclaró, mientras como ruido de fondo se oían gritos y el continuo tabletear de las armas.

Los gurzam habían sido sorprendidos, pero dado su mayor número y lo que pudiera ser el saberse aislados de sus congéneres, les estaba empujando a ser muy agresivos y luchar a la desesperada. De entre la maleza no cesaban de salir enormes corpachones que se lanzaban con terrible furia sobre el grupo del teniente Salcedo. Bien cierto era que la preparación y entrenamiento estaba dando su fruto, pero el empuje y acometida que estaban esgrimiendo los gurzam, hacía que la puntería y eficacia de los legionarios del teniente, pese a ser elogiable, no fuese suficiente.

–¡Disparen con firmeza! –exclamó el teniente en potente y alta voz–. ¡No dejen que se acerquen más! –recalcó, toda vez que accionaba nuevamente su fusil, dando cuenta de otro oponente.

A unos metros suyos y un tanto ladeado a la derecha, el teniente pudo observar a uno de sus subordinados. No cesaba de agacharse y levantarse, y cada vez que lo hacía era para derribar a un enemigo. Esta acción la iba repitiendo a la vez que cambiaba de posición, bien un metro más a la derecha o un par de ellos más a tras, volviéndolo a realizar en cualquier otro punto a cierta distancia. Lo hacía con tanta agilidad y sigilo que al teniente casi no le daba tiempo a discernir desde donde realizaría el siguiente disparo, ya que, centrado en abatir objetivos, no podía prestar excesiva atención al hecho, pese a que le comenzaba a llamar la atención. Él conocía a todos los componentes, pero en ese momento no atinaba a saber quién era.

Reflexionando sobre su identidad, no se percató de que a su izquierda se había colocado uno de los integrantes de la unidad; concretamente quien con tanta eficacia disparaba.

–¡Están llegando en oleadas! –exclamó con voz seca y entrecortada, sacando al teniente de sus conjeturas–. ¡Habrá que hacer algo y sin dilación! –gritó dirigiéndose al teniente–. Si esperamos no vamos a poder contenerlos –precisó a la vez que ambas miradas se cruzaban.
En ese instante el teniente se percató de que era la sargento Martínez. Él sabía de sus cualidades como combatiente, pero esa faceta de agilidad y capacidad en camuflarse entre la maleza reapareciendo en otro punto, prácticamente sin que nada de su entorno la delatara, le era totalmente desconocida. Por ello le había costado identificarla, hasta puede que hubiera algo de prejuicio sexista en esa reflexión.

–Tendremos que replegarnos –expuso contestando a las inquietudes que tanto él como el resto de componentes estaban haciéndose, pese a que sólo la sargento se lo había hecho notar.

El empuje enemigo, que con tanta notoriedad le estaba afectando al teniente Salcedo, no tardó en contagiarse, presionando de igual manera sobre las otras dos secciones.

–Hemos subestimado peligrosamente el contingente enemigo de este enclave –afirmó Marco alzando la voz para que la totalidad de sus fuerzas recibieran con claridad esa percepción–. Unidades “Eco -1, -2 y -3”, replieguen sus posiciones lo más rápida y ordenadamente posible –ordenó casi gritando, mientras los disparos de energía iban aumentando y el tableteo de las armas automáticas daba un festín sonoro entre la frondosidad del entorno.

Esta disposición llegó casi a la vez que el teniente Salcedo le hacía idéntica reflexión a la sargento Martínez, y a la par que el teniente Salazar comenzara a recibir un considerable aumento de la embestida enemiga.

–¡No dejen de disparar! –exclamó Marco, una vez más y casi gritando por los intercomunicadores.

–Sargento… –llamó con potente voz, ya que, entre los impactos de las armas de energía y el estruendo de las ráfagas de fusil, era difícil dejarse oír, aunque se estuviese cerca–, contacte con Dean líder e indíquele que necesitamos apoyo aéreo. Señalaremos el punto de ataque lanzando bombas de mano.

–“Eco -1” llamando a Dean líder –sonó por los comunicadores de larga distancia. Esta llamada, y la casi totalidad de lo que la compañía del capitán Marco había hablado entre si, estaba siendo monitorizado por el Puesto de Seguimiento y Control de Combate. Estaba ubicado, como apoyo de cada acción, en el campamento al que pertenecía el destacamento de Marco. Era una réplica parecida a lo que se había diseñado en los acorazados para seguir el curso de los combates entre monoplazas.

–Necesitamos fuego de cobertura en el perímetro circundante a cada una de las tres secciones. Marcación de puntos de ataque por bombas de mano –hizo notar el sargento de comunicaciones, dirigiéndose a la unidad de interceptores.

–Dean líder recibido. 15 segundos para alcanzar posición de apoyo –dijo el comandate Dooran, secuencialmente.

–Puesto de control, marque en los centros de disparo de los interceptores los puntos discriminativos de la ubicación de nuestra infantería –indicó Dean líder, tratando de que el coordinador electrónico de disparo de cada caza tuviese fijado el lugar exacto al que no se debía de apuntar.

Las naves de combate del Deerner eran las que daban cobertura aérea a la operación. De hecho él y sus escoltas, el Afredar y el Postart, estaban teniendo una destacada participación en los combates que en los alrededores de Cirste III, y fuera de su atmosfera, se sostenían.

Lucha esta que ya se prolongaba más de tres meses y no se decantaba por bando alguno. Bien cierto era que ninguno de los dos contendientes arriesgaba de forma contundente, más bien buscaban el error contrario y tratar de no ser sorprendidos. Ambos ya habían experimentado a este terrible e indeseable juego; un mortal desgaste continuo.

Centrean disponía en el sistema Cirste, puede que por proximidad, un mayor número unidades acorazadas. Este hecho no estaba siendo determinante. Los gurzam, al disponer de cañones de alcance exterior, estaban gozando de una protección sumamente elevada, por ello sus enclaves y las naves que se situaban sobre la parte del planeta que controlaban quedaban altamente resguardadas.

La relativa cercanía de los talleres de Centrean y Caersan era lo que hacía que las unidades algo dañadas fueran, con cierta prontitud, reemplazadas. Esta mayor rapidez, por proximidad, estaba posibilitando mantener fuerza suficiente en la custodia de las dos colonias y el medio planeta, mientras que a las naves sustituidas se les practicaba las pertinentes reparaciones. Se mantenía, con ello, una muy alta operatividad. A este respecto los gurzam debían de tener algo más complicado ese relevo, ya que el punto de origen y reparación, por conjeturas del Mando Estelar Centrean, debía de ser bastante mayor; aunque eso todavía era una asignatura pendiente.    

Tal y como se había indicado, los componentes de las tres secciones del capitán Marco, lanzaron bombas de mano que de forma fehaciente señalaron las posiciones gurzam, aunque el inmenso enjambre de rayos, que dibujándose entre la espesura y sobresaliendo desde cualquier punto, estaban marcando harta y suficiente el lugar exacto de quienes los proyectaban.

–Objetivo en cinco segundos –apreció Dooran, Dean líder del Deerner, por el intercomunicador y dirigiéndose a los componentes de su grupo–. Datos de blancos en los paneles de control –observó seguidamente–. ¡Fuego! –exclamó a la vez que una serie de fuertes estruendos se dejaron notar en el entorno. Una parte de la zona boscosa saltó por los aires producto de los impactos de mayor fuerza de las armas de energía de los cazas.

–¡Demasiado alejado! –exclamó Marco por los intercomunicadores y con suma desolación. La unidad al completó también se había percatado de ello–. Todos en pie. Hay que aprovechar la ocasión y frenarlos en la medida de lo posible –volvió a gritar, tratando de que los componentes de las tres secciones reaccionaran y aprovecharan el momento de confusión gurzam para infligirles bajas.

–El discriminador de tiro está calibrado para una distancia de seguridad que aleja en exceso el disparo de las posiciones de los nuestros –indicó Dooran al Puesto de Control de Combate del Deerner–. ¡Por ello sólo hemos hecho impacto en la retaguardia enemiga! –explicó con gran decepción y pesadumbre.

–Se tendrá que hacer fuego sin el discriminador –comentó el jefe del puesto de control y seguimiento de combate.

–Eso ya lo he intuido –aclaró Dooran de mal talante y con tono de preocupación.

Tal y como el comandante y el resto de los pilotos realizaron la pasada, se pudo apreciar, por las descargas enemigas, cual era su posición.

–Apuntaremos a la zona desde donde parten los haces de energía –dijo Dooran, dando instrucciones para el nuevo ataque.

–¡Cuerpo a tierra en cinco segundos! –exclamó Dean líder, dirigiéndose a la infantería.

Todo transcurría con una vertiginosidad terrible. Prácticamente no había tiempo para confirmar mensajes o aclarar dudas. Por ello mucho de lo que se decía quedaba como confirmado. Dejando la recepción de cuanto se hablaba a la eficacia de los comunicadores, hecho este fundamental para la correcta ejecución de lo que se ordenaba, componente básico para que la coordinación surtiera efecto y se minimizaran las bajas.

Dooran y los otros cinco aparatos que le acompañaban fueron disparando uno tras otro y de forma continua.

–Salgamos de este infierno –gritó Marco de viva voz y por los intercomunicadores.

Los impactos de los monoplazas estaban abatiendo una muy amplia zona, desde las posiciones gurzam hasta los emplazamientos de la infantería centrean. La velocidad a la que tenían que acercarse y la proximidad con la que pasaban por el objetivo, hizo que la puntería no fuese la deseada; eran cazas y no tenían la versatilidad de los estabilizadores. Este tipo de combate, infantería con apoyo aéreo, todavía no se había dado; aunque se había intentado pero sin suficiente coordinación ni saber cómo ejecutarlo. Bien es cierto que Marco y otros expertos en el tema habían indicado que era imprescindible y necesario disponer de esta combinación de unidades, pero matizando que según en qué momento o circunstancia sería preciso un tipo u otro de aparato. Todos los expertos llegados de La Tierra habían convergido en la necesidad de preparar, para el respaldo de la infantería y su traslado óptimo y seguro, estabilizadores con armamento que formaran parte de los grupos o compañías, aunque esto y otros elementos de protección y apoyo, diseñados o en construcción, que también se habían recomendado, todavía no estaban en uso, esperando su puesta en funcionamiento y su fabricación en serie para dentro de no mucho. Pero el buen resultado que comenzó a darse en las dos primeras incursiones con el “ojo espía” y la posterior generalización de los combates espaciales, habían arrinconado la espera de estos equipamientos; que por cierto, hasta el presente momento no se habían echado en falta.

Nada más iniciarse el ataque aéreo, la unidad que Marco comandaba se encontró inmersa en un holocausto de impactos de todo tipo: ramas que se desprendían, pequeños incendios que comenzaban a generar un humo cegador, árboles que caían abatidos por doquier, y un continuo relampaguear de las armas de energía enemigas; aunque esto último había decaído considerablemente. Todo este conjunto de elementos fue el dantesco espectáculo que todos, nada más levantarse, pudieron apreciar; se apreciaron heridos tanto por disparos gurzam como por fuego amigo. En las posiciones gurzam aun era peor, ya que, por suerte para la infantería centrean y por el hecho de una razonable buena puntería de los cazas, la zona con presencia enemiga había sido abatida con tremenda y mayor contundencia, aunque la retaguardia centrean no quedo exenta de daños. Los pilotos no habían podido fijar blancos con una discriminación óptima, todo ello debido a la velocidad. En los combates espaciales era de otra forma, debido a que los elementos electrónicos de control de disparo indicaban el momento preciso de su ejecución. En la acción anterior, el ataque a la superficie con los dispositivos de selección accionados, había alejado el disparo debido la posición próxima de la infantería amiga, siendo escasamente eficaz y, por lo tanto, necesario el actuar sin estos discriminadores, hecho este el causante de las bajas en ambos bandos.

Tras la acción de los interceptores la confusión por los humos y el fuego fue un todo. Los gurzam dejaron de disparar.  El incendio que se estaba generando comenzó a envolverles. Esto les dio a la infantería centrean el tiempo suficiente para reaccionar, ayudar a los heridos y comenzar a retroceder de forma algo ordenada.

A la media hora, Marco y su compañía, salían de la entramada y tupida vegetación. Los cazas del Deener habían continuado dándoles cobertura, disparando ocasionalmente y cada vez que creían divisar algún enemigo, aunque sin poder concretar nada. Desde momentos posteriores a la última descarga de los cazas, los gurzam habían desaparecido o por lo menos no se les había podido ver con claridad. Aunque, quizá, nada de lo que pudo parecer ser el enemigo, en realidad lo fuese.

La zona en donde se había entablado combate se estaba transformado en el foco de un tremendo incendio que iba extendiéndose en sentido contrario al que Marco y su grupo se habían dirigido; la fuerza del viento así lo estaba determinando.

En los claros, y ya en los lindes del bosque, se concentraron varios estabilizadores, unos para evacuar a combatientes y otros transportando dos compañías de apoyo. Había que estar prevenidos por si aparecían los gurzam y dificultaban el repliegue.

El grupo de Marco acababa de sufrir ocho bajas, y cerca de veinte heridos de diversa consideración; hasta el capitán había sido alcanzado, en hombro y pierna, por astillas de madera proyectadas por las explosiones. Algunas de estas bajas y heridas tenían origen amigo. El ataque de los interceptores las provocó, aunque de no haber actuado de esa forma, Marco y su compañía, con mucha probabilidad, no hubieran salido; las fuerzas gurzam estuvieron apunto de desbordarlos, y muy posiblemente hasta de aniquilarlos. Todos eran conscientes de ello.

Marco fue recogido por personal de un estabilizador sanitario con el emblema del Postart, escolta -2 del Deerner. Junto al aparato estaban Dooran y Sendar, ambos mostraban un rostro apesadumbrado, pero en Sendar era algo menos tirante, no tenía la carga adicional del mando, aunque también le pesaba haber contribuido a causar bajas amigas. Al llegar los camilleros al estabilizador con el herido, los tres se saludaron marcialmente y sin decir nada se dieron la mano. Marco los miró también sin pronunciar palabra alguna; entendía sus sentimientos.

–Te esperan –dijo Dooran, esgrimiendo una mueca de sonrisa.

–Hemos bajado para garantizar imperativamente tu presencia en este transporte –comentó Sendar con una leve chispa de picardía en rostro y mirada.

–La teniente coronel nos matará sino te embarcamos inmediatamente –aclaró el comandante Dooran.

Casi toda la compañía de Marco había oído estas últimas palabras, por ello no tardaron en dejarse sentir silbidos, exclamaciones y gritos de ánimo. La unidad entera sabía de la relación entre su capitán y la teniente coronel Denna, segunda al mando del Postart, y pese a que la conversación se había mantenido en idioma centrean, no había habido problema en su entendimiento, todos estaban aprendiendo su uso. Era necesario para integrar unidades, aunque, para mejor coordinación, se había buscado aunar lenguas maternas a la hora de diseñar grupos o compañías. De La tierra habían llegado personas hablando un sin número de idiomas.

 –¡Capitán, deje el pabellón la infantería bien alto! –exclamó en español una voz de mujer, algo a la derecha de donde los tres amigos se encontraban. Era la sargento Martínez.

Sendar le llamó la atención y giró la cabeza. Quedó mirando a la sargento a la vez que ella fijó sus ojos en él. Sendar no había entendido nada de lo que ella dijo, simplemente volvió el rostro y le miró. Estaba sentada en una piedra con el fusil apoyado a su lado y tratando de anudar nuevamente un pañuelo a su pierna herida, acción esta que interrumpió. Lo había desatado para dar riego sanguíneo a su extremidad, pero ahora necesitaba volverlo a colocar para mitigar la perdida de sangre que una astilla, incrustada en su muslo izquierdo, le estaba ocasionado. Ella también quedó mirándolo.

–¡No se quede embobado mirándome, teniente! –dijo, reaccionando al cruce de miradas y chapurreando el idioma centrean a la vez que sacaba a Sendar de su abstracción–. ¿Podría ayudarme a subir? –preguntó esgrimiendo un tono comprometedor y con sarcasmo.

Marco y Dooran, cruzándose una mirada y atisbando la hábil maniobra táctica de la sargento, sonrieron.

Sendar, acercándose, la cogió por la cintura a la vez que ella pasaba su brazo izquierdo por el hombro de él. De esta forma, cojeando la sargento y apoyándose en el teniente, comenzaron a dirigirse al mismo estabilizador que el personal sanitario estaba subiendo a Marco. Ambos fueron alojados en sendas camillas y sin más protocolo el aparato comenzó el ascenso.
Dooran miró a su compañero y amigo y dándole un zarandeo le sonrió. No dijo nada, simplemente sonrió abiertamente; casi fue una carcajada.

–¿Qué ocurre? -preguntó Sendar girándose y siguiendo con la mirada el caminar de su comandante dirigiéndose a su monoplaza; ahora ya con una risotada abierta y muy contundente–. ¿Qué ha pasado? –volvió a solicitar mientras comenzaba a caminar siguiendo los pasos de su jefe–. ¡Sólo le he ayudado! –exclamó intuyendo el porque de las incisivas risas–. ¿Qué hay de malo en ello? –tornó a inquirir a la vez que alzaba las manos. Dooran, no contestó, sólo reía y meneaba la cabeza. De esta forma, y tras alcanzar sus respectivos cazas de combate, subieron y despegaron.

Poco a poco la totalidad de los estabilizadores fueron ascendiendo y alejándose del lugar. Todos los heridos, excepto dos, se evacuaron al hospital del Deerner.  Uno de ellos era el capitán Marco a quien expresamente le había sido enviado un transporte hacía el Postart. Siendo la sargento Martínez el otro, quien algo absorta mirando a Sendar y ante los despistes de cuantos a su alrededor estaban, fue también introducida junto a su mando. La proximidad de este estabilizador, el cruce de miradas entre teniente y sargento, los comentarios de ella y las risueñas caras de los presentes, generó que, sin que nadie se propusiera de forma consciente, fuera trasladada al Postart, lugar al que sólo debiera haber ido Marco.

La operación se había saldado con demasiadas bajas, pero se había logrado, en apariencia, eliminar uno de los contingentes enemigos de mayor envergadura y peligrosidad, pese a que en esos momentos un fuerte incendio estaba devastando una parte muy amplia de la zona arbolada, algo no deseado en ningún momento. Ahora habría que continuar vigilando el entorno y esperar a que el fuego amainara. No tenían a mano elementos para atajar el incendio y el hecho de no saber si en algún punto todavía quedaban enemigos rondando, no hacía factible el disponer personal y material de este u otro tipo para tratar de sofocarlo.

* NOTA: “En cursiva” palabras en idioma diferente al Español - no nombres.

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1 comentario:

  1. Muy interesante, Vicente. Que tengas mucha suerte con tu nueva criatura.

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