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martes, 3 de abril de 2012

MICRORRELATO || ¿QUIÉN HE SIDO?

Al hacerse la una del medio día, diariamente mi caminar es alegre y distraído. El contemplar cuanto pasa junto a mi resulta siempre bien recibido.

Este talante no es gratuito ya que el ir a recoger a mi hija al colegio siempre me reporta un novedoso y amplio placer. Durante el trayecto voy recordando mi infancia y cuanto disfrutaba de esos recreos desbordantes en donde jugar al balón era la máxima inquietud que en mi persona se pudiera dar y desear. Había en todo juego un componente de reto y aplicación del ingenio; me gustaba, me sentía pletórico y con energía.

En aquellos días mi capacidad para rendir y hacer no tenían límite. Cuanto veía frente a mi eran retos salvables y de fácil ejecución. No había nada que en esos momentos un hubiera podido realizar.

¡La juventud! Que gran fuente de energía y de posibilidades. Ahora la recuerdo con esa nostalgia que te incita a ser mejor por el simple hecho de saber que aquellos momentos fueron ríos de acontecimientos que pavimentaron mis deseos, mi historia y cuanto en el futuro tendría la posibilidad de lograr. Siempre con la mente puesta en un mañana que se antojaba eterno y desproporcionado en posibilidades.

Ahora lo recuerdo todo con un peculiar encanto y añoranza. Lo recuerdo con la sana mirada de lo que serenamente se hizo y que de esa forma está guardado en mi mente. Fijo la vista en derredor y contemplo cuantos pasan por mi lado. Gente como yo que van a recoger a sus retoños que en esos momentos son los herederos de cuanto en su momento se hizo y que ahora ellos disfrutaran, debiendo de enlosar todo lo que sea preciso para alcanzar algo parecido a lo que yo soy o he podido ser.

Ante las puertas del colegio noto como un río de pequeñas piernas y abultadas carteras salen disparadas a alojarse en los brazos de sus padres o familiares allegados. Hay gritos, risas y mil y una chanzas que hacen del momento una deliciosa sensación cargada de vida y eterna emoción. Percepción esta que hace de la existencia y de ese momento algo válido y deseable.
Miro hacia las puertas y por ellas veo aparecer a mi hija. ¡Que alegría! Con que sonrisa y talante viene disparada hacia mí.

           - ¡Abuelo! –Exclama - Que bien que hayas venido –dice con una abierta felicidad - Ahora podremos ir jugando como siempre.

           - ¿Abuelo? -Me pregunto a mi mismo - No es posible –Pienso – ¡Soy su padre!

Pero al mirar mis manos y notar mis piernas comprendo la realidad. Con efímera prontitud ha pasado mi infancia; ahora muy lejana. Y con tenaz rapidez ha discurrido mi madurez; ahora desconocida. No logrando que los recuerdos de cuanto he podido ser  durante mis años de adulto lleguen a mi memoria. ¿Por qué habrá ocurrido?  Y sólo me viene una explicación; durante ese tiempo no logré notar alegría y disfrute. No he sabido vivir como lo hice en mi infancia, por ello mis recuerdos de esos días son opacos y desconocidos. Ya no me acuerdo de quien he sido.  
              
  -En la llanura se extienden todas las cosas imposibles que son “no reales”-


Por VH.Olzep - Vicente Hernándiz autor de “Cuando las estrellas nos llamen” Búscala en:

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1 comentario:

  1. Sólo quería decirle, D. Vicente, que me ha encantado el relato.

    Siempre he encontrado meritorio el saber y poder condensar en poco espacio una historia completa sin desprenderse de elementos necesarios y usted lo ha conseguido.

    Por otra parte me ha encantado el estilo ágil pero sin pérdida de expresividad. Directo pero evocador. Y el final, cuando todos esperabamos un final tópico, encontramos realmente el mensaje y significado del todo.

    ¡Genial . Me ha encantado!

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