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domingo, 19 de febrero de 2012

MICORRELATO - ¡SOY EL MEJOR!


Prólogo: En la lejanía de la llanura, en la frondosa espesura del bosque, en la intrincada jungla, en los inhóspitos páramos, en las profundidades de la ciénaga, en las nevadas y altas cumbres de los montes, en los gélidos hielos de los polos, en la inmensidad y profundidad de los mares, en los áridos, secos y caluros desiertos, o incluso en el plácido entorno de nuestra ciudad es donde residen y se extienden, con mayor profusión y auspiciadas por la imaginación, todas las cosas imposibles que no son reales.

Los orígenes de lo no posible tienen su identidad con las cosas que la imaginación importa del subconsciente, engrandecido por todo lo que nuestros sueños no son capaces de identificar como algo propio de nuestra realidad cotidiana.

Capitulo primero: Como todas las mañanas, nuestro protagonista, -Ernesto le llamaremos- iba de forma entusiasta, como tantas otras veces, camino de su despecho. Se sentía orgulloso y capaz. Tanto por cuanto lograba cómo de la forma que lo alcanzaba. En las relaciones de su trabajo esgrimía, como herramienta de logro, una mordaz picaresca que, conjugada con pocos escrúpulos y una ambición de éxito sublime, iban dándole esa peculiar característica de joven tiburón. Él se vanagloriaba de su gran talante negociador y de cómo era capaz de convencer, con argumentos lícitos o no, desmesurados o inexistentes, a cualquiera que tuviera alguna minima necesidad en la que el trato, para venta, adquisición o asociación fuera el elemento de la gestión.

Al llegar, la secretaria le anunció que le esperaba una persona. No supo decirle quien era, solamente que sin saber cómo le había dejado que aguardarse en el despacho.

El personaje en cuestión, se presentó como alto directivo de una afamada empresa radicada en otro país, de la que mostró unas referencias de facturación y expansión a niveles de gigante. Ernesto se vio delante de una propuesta de trabajo que desmelenaba a quien, teniendo cabellera, se la hubieran presentado. Ya no sólo por remuneración sino por condiciones del puesto y expectativas de promoción. Todo ello motivado, al parecer, por la fama que se estaba granjeando en el mundo en el que se movía.

La cuestión clave de la incorporación fue la pregunta que su interlocutor, de forma desinhibida, le propinó: ¿Sería capaz de arriesgar, aportando cuanto poseyera, a la organización? Esto era una especie de contribución de voluntad y adhesión para que se entendiera que, de entrar, ya que no sería un empleado sino un copropietario; él daría cuanto fuera propio en ese momento, y a perpetuidad dedicación absoluta para que la empresa continuase con su ritmo de expansión y beneficio.

Tras dialogar sobre funciones y características de quienes en estos momentos componían la cúpula de la empresa, grupo al que a él se le ofrecía unirse, ambos quedaron en dar y recibir respuesta en un par de días. Era una cuestión valiosa, pero por otro lado había que meditar e indagar al respecto.

La cuestión clave se forjó al despedirse, dado que el representante de esta desbordante empresa, le indicó que, de entrar, alcanzaría a ver y degustar, con toda seguridad, el placer de ser un gran magnate con un poder de influencia en la economía y política mundial, sólo igualada por quienes con él compartirían mesa de trabajo.

Nada más marchar comenzó a realizar las oportunas averiguaciones y tras utilizar ciertos contactos y remunerando favores, logró saber que bajo los epígrafes de esa magnoempresa se escondía uno de los grupos de presión económico-políticos de mayor poder del planeta, algo así como regidores de los designios del resto de la humanidad.

Indudablemente con tales referencias, cómo iba a negarse. En cuando alcanzase una cierta veteranía dentro del grupo sería él quien lo dirigiría. –Pensó.

Días después cerró el trato, y tras pasar el resto de la tarde-noche celebrándolo, se acostó con una sonrisa y talante tan placentero, que los vapores de los prestigiosos vinos, saboreados en la velada, no le embriagaron tanto como el desmesurado pavoneo que su ego esgrimió.

Capitulo segundo: Durante la noche unos extraños sueños no dejaron de atormentarle. Eran subrrealistas. Sueños que iban más allá de cualquier comprensión, y que de haber sido hechos reales hubieran puesto a cualquiera los cabellos como escarpias.

Al despertar no dejó de pensar en lo que toda la noche le había carcomido. Tuvo un escalofrío que al recorrerle el cuerpo entero le hizo tiritar y hasta acongojarse de miedo. Fue una sensación de desasosiego y tétrico pavor. En su cabeza continuaba martilleándole cuanto en su dormir había vivido. Era algo desmesurado e imposible. En su mente se habían quedado gravados pasajes de una vida entera. Era capaz, sentado en el borde e la cama, de recordar escenas y hechos en los que él jamás había participado. Era como si en su cerebro se albergaran recuerdos de todo cuanto una personas es capaz de rememorar sobre lo que le ha acontecido durante su existencia, y que al llegar a la senectud es capaz de evocar. ¿Cómo podía ser que fuera capaz de nombrar acontecimientos que no había vivido? ¿Qué raro ensueño había destilado durante la noche? Eran cuestiones que comenzaron a martillearle.

Ensimismado elucubrando sobre lo que le ocurría, la puerta de la habitación se abrió. De pronto se percató de que no era su dormitorio. ¡No estaba en su casa! Pero eso no explicaba cuanto notaba, y menos la presencia de quien le llamó señor y le indicó que el baño estaba preparado. Seguía sin entender nada y lo peor era que los recuerdos continuaban evocando una vida que él sabía que no había disfrutado, aunque en ellos veía poder, lujos y cuanto, antes de dormir, soñó despierto. ¿Cómo era posible? Recordaba haber amasado varias fortunas, desbancado ministros y presidentes, doblegado varias veces la economía y puesto a sus pies a los más duros magnates y políticos de La Tierra. Todo era real en su mente. Tan real como el baño que, quien enfundado en librea, le ofrecía. No entendía, pero se levantó y fue hacia su baño. – Igual al entrar en él me despejo y dejo de soñar despierto. – Se dijo a si mismo.

No había llegado a la bañera cundo al pasar por el espejo vio frente a si, como reflejo de su persona, a un anciano decrepito y caduco. Un terrible grito le salio de lo más profundo de su ser, a la vez que, fallándole las piernas, se desplomó sumido en lo que se le antojó ser una súbita inconsciencia.

Tal y como notó que tocaba el suelo, dio una refleja convulsión y moviendo desmesuradamente piernas, brazos y cuerpo en su totalidad, saltó de la cama. - ¿Cómo era posible? –Se preguntó. Y mirando a su alrededor obtuvo la respuesta. Estaba en su habitación. – Entonces, ¿qué había ocurrido? Y recapacitando obtuvo la respuesta. Nada había sucedido. Todo era un sueño. Él todavía no trabajaba, pero si que era cierto que en su interior se albergaba mucha ambición, excesiva carga de querer ser y obtener cuanto más mejor. Y ante ello recapacitó, en su sueño había sacrificado, por obtener cuanto deseaba, su vida. Despertó siendo lo que había deseado pero sin haberlo vivido, algo así como lo que les ocurre a muchos, que llegan al cenit sin saber cómo ni con quién.

Hoy a Ernesto, una terrible pesadilla, le había alertado de los peligros de los deseos desmesurados y de los tratos muy lucrativos, ya que, ambos, siempre tienen letra muy pequeña que rara vez somos capaces de ver.     

Nadie da duros a cuatro pesetas.        
                  
Por VH.Olzep - Vicente Hernándiz autor de “Cuando las estrellas nos llamen” Búscala en:

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