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jueves, 27 de octubre de 2011

MICRORRELATO: DONDE DUERMEN LOS SUEÑOS

Cuando desperté, tal y como todas las mañanas vengo haciendo durante los últimos… quizá demasiado tiempo, ya que el recordar, en estos momentos, me es tan molesto como tratar de evocar cuanto he podido vivir entre las sábanas y la penumbra de la noche, no he podido hallar ese recuerdo que, mientras dormía placidamente, mi mente generó de forma callada y espontánea y que de seguro he perdido en ese vasto mundo en el que los sueños duermen.
Cada día, y ahora más, busco que el amanecer me proponga nuevos horizontes en donde anclar cuanto he podido soñar a lo largo de mi vida. Sueños que despierto me han ido llevando, desde la niñez, por un millar de caminos, y que posteriormente han dando configuración a cuanto pensé que sería o pudiera lograr alcanzar.
Toda mi infancia fue como un torbellino de intrépidas aventuras en donde la realidad se mezclaba con la imaginación y los sueños, aunque ciertamente eran pensamientos de un ansia desmesurada por vivir maravillas más allá de cuanto hay ante nosotros. Fantasía que acompaña esa efímera edad que marca los inicios de toda existencia.

Esta primera etapa, la puericia, va a ir marcando esos inicios que, pese a no ser determinantes para lo que el futuro nos deparará, si que van a configurar un algo que luego dará un cierto cauce a cada vida, pero será la juventud quien aportará ese definitivo empuje, en donde los sueños ya van a comenzar a dejarse notar. Sueños de una necesidad, que despiertos nos van a ir marcando el camino de lo que queremos o anhelamos.
Pero al igual que al despertar, en donde en ocasiones no atinamos a revivir eso que placenteramente sentimos entre la oscuridad de la noche, al alcanzar la madurez también despertamos de esos sueños, que durante la vigilia nos movieron para ir a por, en la mayoría de las ocasiones, inalcanzables metas que a la vista de cuantos por nuestro lado pasan y de la nuestra, irremisiblemente se nos escapan de entre los dedos, percibiendo incrédulos como son otras manos quienes, con menor esfuerzo o antes de su tiempo, logran apropiarse de ese efímero sueño que, por tu mente despierta, osadamente te atreviste a discurrir; manos estas posiblemente menos avezadas, o indescriptiblemente torpes, o quizá, confortablemente amigas de quien atenaza la capacidad del reparto.
Por ello, y al igual que en el amanecer, al alcanzar cierta edad, muchos somos los que nos preguntamos, ¿dónde están nuestros sueños? y, dolorosamente, por respuesta apenas solo alcanzamos a oír una voz que desde la lejanía tristemente nos dice: “dormidos….”                
     
Vicente Hernándiz autor de “Cuando las estrellas nos llamen” 
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