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jueves, 14 de julio de 2011

MICRORRELATO - LOS MALES DEL PREJUICIO


Oí narrar una vez una historia anclada en un pasado en donde la magia y objetividad se emparejaban para hacerse irreconocibles. La superstición y una realidad abyecta siempre se conjugaban para dar explicación a hechos que nadie entendía. Aunque siempre cabe la posibilidad de que lo narrado dejase lejos a los verdaderos hechos y lo ocurrido alcanzara más allá de lo que la comprensión humana es capaz de entender, o quizá fuese cierto.
Se cuenta en esta leyenda que en un remoto valle había una notable villa; más bien una aldea. Sus habitantes, como los de otras zonas rurales, eran campesinos, ganaderos y montaraces leñadores que cubrían sus necesidades de forma sumamente dedicada y sencilla.


Un buen día llegó al pueblo un anciano que solicitó amparo. Su condición y aspecto a nadie le pasó desapercibida. Daba la impresión de ser una especie de mago o druida, por ello todos, temiéndole, trataron de no desairarle, pero en este mismo aparente agasajo iban, por miedo, distanciándose de él. El anciano dándose cuenta de ello les reveló que no debían de tenerle miedo ya que su presencia en el pueblo debía tener algún propósito, puesto que en el gran juego de la vida, las acciones humanas siempre tienen repercusiones en cuanto a su alrededor hay, y aunque él desconociera la finalidad, nunca se debe menospreciar el gran circulo de los acontecimientos.
El miedo es un poderoso enemigo y amparado en él y buscando a quien fuese capaz de hablar le invitaron a marchar. - “No os guardo rencor…” –dijo en anciano. –“…ya que el propósito por el que el camino me ha llevado hasta aquí, todavía está por desvelarse. Creo que os equivocáis pero vuestra decisión asumida por todos debe ser” – Todos mirándose y sin decir nada contemplaron aliviados como poco a poco el anciano iba alejándose sendero arriba, hasta que se perdió entre el paso que, atravesando los montes, permitía salir del valle.
Llegado el invierno, como era habitual, el valle quedó cerrado por las poderosas nieves que anualmente cegaban el angosto camino entre las montañas.
Todo el mundo se sentía aliviado ya que la presencia de un extraño siempre era algo no deseado y si esto se producía durante tiempo aun era peor, pero si hubiese ocurrido en este periodo en donde nadie puede salir del valle, hubiera supuesto la mayor de las calamidades, o por lo menos esa hubiese sido la sensación, agravándose todavía más por el miedo a que una persona desconocida, con poderes mágicos y no sabiendo sus intenciones, se hubiese quedado todo el invierno. Los comentarios que se hacían todos hacían referencia a la diligencia y firmeza que había demostrado solicitándole la marcha. Estaban orgullosos y satisfechos. Nadie necesitaba de curas extrañas ni de conjuros mágicos. Ellos sabían como cuidarse.
Llegado bien entrado el invierno, poco a poco fue apareciendo unas extrañas fiebres que inexplicablemente iban contagiándose casa por casa. Nadie sabía que ocurría pero lo cierto era que a la semana de contagiarse la persona que las contraía moría. El boticario del lugar no entendía ni tenía cura para ello, por lo que al cabo de un par de meses cuando el frío comenzó a decaer, la aldea había perdido una cuarta parte de su población.
Al llegar la primavera y desaparecer las fiebres, hacho este que permitió a todos salir de sus casas y hablar con el vecino sin miedo a contagiarse, todos comenzaron a tratar de dar una explicación acusándose unos a otros de provocar el mal al echar al anciano, o tal vez al mismo anciano que había maldecido a quien lo tiró, o a quien propuso su expulsión. Todos señalaban a todo el mundo, cada uno buscando un culpable, hasta que recibieron noticias de que la misma extraña enfermedad había asolado todos los pueblos y aldeas del entorno y de mucho más allá de cuanto se conocía, excepto la aldea que estaba al otro lado del paso por donde se fue el anciano. En ella halló refugio, y debido a su sabiduría y conocimiento de extrañas hierbas, curó a cuantos contrajeron estas terribles fiebres.
Quedando en la mente de todos como moraleja que el desprecio de la apariencia es siempre un prejuicio que acarrea los más atroces males. Si algo o alguien puede ser malo sólo lo será por sus actos o las consecuencias que propicie, nunca por ser quien es o de donde procede.                
           

         Vicente Hernándiz

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