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miércoles, 22 de junio de 2011

MICRORELATO: QUISIERA NO DESPERTAR

La penumbra se deslizaba a través de la bruma que a cada momento se hacía más espesa. Otro día más. ¿De cuántos más?, y sobre todo de cuantos habían ya pasado. Era lo cotidiano, pero creo que jamás podré acostumbrarme a este lento transcurrir de las horas. Ni a la monotonía de esa ninguna alteración que pudiera hacer que el amanecer de mañana sea diferente al de hoy. Al caer la noche como ahora, lo único que quedaba era esperar la tortuosa noche. La niebla más espesa a cada momento daba frío y oscuridad paso a paso. Era lo único que el hoy diferenciaba el ayer.

Yo sentado, como hace ya mucho, contemplo el atardecer. En ocasiones no se si es el ocaso del día o el mío, ya que a veces deseo no despertar. Por la mañana, al abrirse el día, podrá verse como, al fondo del valle, por la garganta que cierra el prado, esas nubes que, caídas y deslizándose sobre el verde pastizal, salen empujadas por la nobleza de unos rayos de sol que tratan de conquistar la totalidad del espacio.

Ya no me queda más que ver esto y apenas me da para apreciar cuanto girando la cabeza pudiera llegar al distinguir. Mi campo de visión sólo es un ramillete de opaca claridad, que ya no me deleita. No lo entiendo, puesto que antes hubiera sido capaz de sentir, y mirando con los mismos ojos notar un hermoso lugar.



¿Qué me ha pasado? ¿Por qué trunqué cuanto pudiera ser vivido con deleite? ¿Por qué quise ser el rey? Ahora lo único que alcanzo es a pensar. No puedo hablar. No puedo moverme. Sólo mirar y ver como, desde la terraza que da al valle, se funde el día con monótona parsimonia desplazando la claridad. ¿Qué me impulsó a querer ser el más rápido del asfalto? ¿Por qué quise casi volar? ¿Cuál fue el razonamiento que me condujo a beber? Hoy no puedo entenderlo ni soy capaz de contestarme a mi mismo, pero ya no puedo remediar mi atolondrada locura. ¿Qué me queda? – Nada excepto esperar que con la llegada de la noche pueda dormir y con ello soñar un gran anhelo: no abrir nunca más los ojos.

                                   El respeto y la sensatez son nuestra mejor salvaguarda.


         Vicente Hernándiz

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